Mi historia comienza desde antes de mi nacimiento, en un lugar llamado Phabet en un tiempo donde las horas y los días eran tomados de las estrellas en el firmamento, las noches transcurrían despejadas y oscuras. En él vivían personas de mirada amable y cálida que hacían sentir al viajero como en su hogar; con calles demarcadas en piedra cortadas finamente de forma tal que se pensaría que fue hecho por el más experto escultor; con casas de diferentes diseños en madera y techos que mantenían la confortabilidad de sus paredes altas, de colores pasteles que contrastaban con inmensos abedules y robles perfectamente colocados alrededor de los límites de la ciudad, cuales gigantes protegiendo un tesoro inexorable. La paz reinaba en esta apacible ciudad, todos se encontraban avocados a sus labores cotidianas, pero he aquí donde todo inicia en el tiempo en que los dioses egoístas y perdidos en la belleza de sí mismos fijaban su mirada.
- Elpída!
Gritó a lo lejos un hombre de apariencia consumida por los años, con cabellos plateados brillantes de larga barba, de ojos redondos y mirada profunda. Arkad era el mejor herrero de la ciudad, en su arte era sin duda diestro, conocido como el herrero de los dioses en las ciudades vecinas, vivía en una cabaña humilde a las afueras de Phabet, entre dos robles que otorgaban su reflejo como dos sombras impenetrables de casi cien años de vientos y polvo. La cual compartía con su hija.
En medio de un jardín de Rhodones, flores que la diosa del amor y la belleza creo para consagración y regocijo de los dioses cuyo nombre significa “efluvio oloroso”, o “lo que desprende olor”, se deslizaba sutilmente entre ellas como un suave murmullo una joven de delicada silueta y cabellos largos y alborotados, con dulces pómulos pronunciados y piel tersa.
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